Estas palabras del Génesis, sobre
las que queremos reflexionar en la Jornada de la Familia
y la Vida, recogen dos verdades fundamentales sobre la
persona humana: es creada “a imagen de Dios”;
es creada como “hombre y mujer”. Dios crea al hombre
y a la mujer iguales en su humanidad, con idéntica dignidad
personal, y al mismo tiempo en esencial y profunda relación
de hombre y mujer.
La diferencia sexual
Dios no crea al ser humano para
que viva solo. Por eso es hombre y mujer, para poder
formar una familia como comunión de amor. En este plan
de Dios la diferencia sexual es un elemento constitutivo
del ser del hombre y de la mujer. La diferencia sexual,
que no implica desigualdad, está profundamente inscrita en el
ser de cada uno.
Cada uno de nosotros, hasta lo
más profundo del corazón, es hombre o es mujer. «La sexualidad
caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano
físico, sino también en el psicológico y espiritual (…)
es un elemento básico de la personalidad; un modo propio
de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de
sentir, expresar y vivir el amor humano»[1] .
Cuando la sexualidad se reduce
a mero dato biológico, se corre el riesgo de “cosificarla”
y “des-personalizarla”, convirtiéndola en un mero añadido
exterior. A partir de ese supuesto equivocado, se habla
entonces de “orientación sexual”, que cada uno podría
determinar libremente. Una concepción de la persona humana
que tenga en cuenta su verdad y todas las dimensiones de
su ser, pone de manifiesto que no se puede elegir ser hombre
o mujer, sino que la diferencia sexual nos es dada en
nuestra naturaleza personal con todas sus consecuencias.
La diferencia sexual tiene también
un profundo significado para la persona como imagen de
Dios. En efecto, «a través de la comunión de las personas,
el hombre llega a ser imagen de Dios»[2] . Lo
hace en la comunión del hombre y la mujer, que implica en
ambos toda la persona, alma y cuerpo. En el matrimonio, la
comunión de los esposos tiene una cierta semejanza con la comunión
de amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El gozo de Adán
El hombre y la mujer, en todo
su ser corpóreo-espiritual, experimentan la llamada al
amor y la comunión. Por eso en el paraíso, antes de la
creación de Eva, Adán se siente solo. Dios, que conoce
el corazón del hombre se da cuenta de su soledad, y dice:
«no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18).
Entonces Dios hizo caer un profundo sueño sobre Adán.
Y el Señor formó a Eva y se la presentó a Adán, que exclamó:
«Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne. Será llamada mujer, porque del varón
ha sido tomada» (Gn 2,23).
Este hermoso texto, que contiene
verdades fundamentales acerca del ser humano en un lenguaje
simbólico, expresa el enorme gozo de Adán cuando Dios
le presenta a Eva. No es el hombre quien se fabrica la
mujer. Eva es modelada por Dios como “ayuda
semejante” para el hombre, un “otro yo” igual
en la humanidad. Así se nos insinúa que la mujer nace
más del corazón de Dios que de la “costilla” de Adán.
La gozosa exclamación de Adán se convierte de este modo
en el eco humano de aquel «Y vio Dios que era
muy bueno» (Gn 1,31).
La bendición de la procreación
La misma exclamación gozosa resuena
constantemente cuando un hombre y una mujer descubren
la belleza de la llamada al amor conyugal y a formar
juntos una familia. Por eso a este gozo va unida también
aquella bendición de Dios al crearlos hombre y mujer: «Y
Dios los bendijo diciendo: creced y multiplicaos. Llenadla
tierra y sometedla» (Gn 1,28).
El gozo que experimentan se multiplica
cuando como esposos y padres pueden abrazar a su hijo.
En la paternidad y en la maternidad los esposos encuentran
una más plena realización de su ser personal como hombre
y mujer.
La convocatoria a la existencia
de un nuevo ser humano sólo se hace de modo digno dentro
del matrimonio y como expresión del amor conyugal. Es
algo que no se puede olvidar sin grave daño para la persona,
para la familia y para la misma sociedad, pues lo contrario
supone relativizar el inestimable servicio que el matrimonio
presta a la sociedad al engendrar y educar a los hijos.
2. LA VERDAD DEL MATRIMONIO:
HOMBRE Y MUJER
Desde el principio la bendición
de la procreación está unida a la unión sexual del hombre
y la mujer. «La descripción “bíblica” habla, por consiguiente,
de la institución del matrimonio por parte de
Dios en el contexto de la creación del hombre y de la
mujer, como condición indispensable para la transmisión de la
vida a las nuevas generaciones de los hombres, a la que el matrimonio
y el amor conyugal están ordenados»[3]
.
La vocación al amor se
basa en la diferencia sexual
El relato de la creación nos
confirma una verdad evidente: toda persona es hombre o es mujer.
Y esta diferencia y reciprocidad –que no es sólo biológica,
sino también afectiva y psicológica– alcanza a lo más profundo
del corazón y al mismo modo de vivir y expresar el amor.
El matrimonio se basa en la diferencia
sexual, que es condición esencial para expresar con verdad
la comunión conyugal. Por eso «el matrimonio es una institución
esencialmente heterosexual, es decir que no puede ser
contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer
y un varón»[4]
. El matrimonio es siempre y sólo la unión
conyugal de un hombre y una mujer.
Para los bautizados el matrimonio
es además un sacramento, un signo que hace presente entre
los hombres el misterio de la nueva y eterna Alianza
de amor que une a Cristo con la Iglesia.
Esposo y esposa. Padre
y madre
La riqueza que la diferencia
sexual aporta al matrimonio se manifiesta también en
la contribución propia de la paternidad y la maternidad.
Dios, que crea al hombre y a la mujer, los crea también
para que sean primero hijo e hija, y después, a través del
amor esponsal, padre y madre.
En el desarrollo personal y afectivo,
la relación del hijo o de la hija con el padre y con
la madre supone una riqueza propia, que el padre y la
madre aportan de modo diferenciado y específico. A través
de la figura del padre y de la madre, el niño y la niña configuran
su identidad personal y su identidad sexual como hombre
o mujer.
En estos días en que contemplamos
el misterio de Belén, podemos comprender por qué el mismo
Dios quiso tener una familia, un padre y una madre. Si
el Verbo encarnado no quiso prescindir de una madre para
ser verdaderamente hombre, tampoco quiso prescindir de
la referencia de un padre, San José. Así, Dios mismo
se sometió a esta ley de la naturaleza humana (cf. Fil.
2,6): «la figura del padre y de la madre es fundamental para
la neta identificación sexual de la persona»[5]
.
3. HOMBRE Y MUJER EN LA SOCIEDAD
Si la familia es la célula sobre
la que se construye y fundamenta la sociedad, las relaciones
familiares tienen un reflejo en la misma. Si el matrimonio y
la familia se ven enriquecidos por la complementariedad
de hombre y mujer, también la sociedad se beneficia con
la aportación específica del hombre y de la mujer.
«En tal perspectiva se entiende
el papel insustituible de la mujer en los diversos aspectos
de la vida familiar y social que implican las relaciones
humanas y el cuidado del otro»[6]
. Por eso es tan importante que las mujeres estén
activamente presentes en la sociedad y singularmente en la familia.
En ella los ciudadanos aprenden a vivir en sociedad.
Efectivamente, los hijos «aprenden
a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el
respeto a las otras personas en cuanto son respetados,
aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben
su primera revelación de un padre y una madre llenos de atenciones. Cuando faltan estas experiencias
fundamentales, es el conjunto de la sociedad el que sufre
violencia y se vuelve, a su vez, generador de múltiples
violencias»[7] .
4. ALGUNOS INTERROGANTES ACTUALES
Antes de concluir queremos clarificar
algunas cuestiones referidas a la naturaleza de la reciprocidad
sexual entre hombre y mujer, que hoy, desde diversas instancias,
son negadas o puestas en entredicho. Con ello queremos
recordar la verdad de la diferencia sexual, inscrita en la misma naturaleza del
hombre y la mujer e iluminada por la revelación que nos
enseña: «Creó, pues,Dios al ser humano a imagen
suya, a imagen de Dios lo creó; hombre
y mujer los creó» (Gn 1,27).
Actitud de la Iglesia ante
las personas con inclinación homosexual
Muchas personas se preguntan
cuál es la actitud de la Iglesia ante las personas con
inclinación homosexual. «Un número apreciable de hombres
y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente
arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada,
constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba.
Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza»[8]
. «Con independencia de la orientación sexual
e incluso del comportamiento sexual de cada uno, toda
persona tiene la misma identidad fundamental: el ser
creatura y, por gracia, hijo de Dios»[9]
.
«Las personas homosexuales,
en cuanto personas humanas, tienen los mismos derechos
que las demás personas (…) Estos derechos son suyos en cuanto
personas, no en virtud de su orientación sexual»[10]
. «La inclinación homosexual, aunque no sea
en sí misma pecaminosa, debe ser considerada como objetivamente
desordenada, ya que es una tendencia, más o menos fuerte,
hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el
punto de vista moral. Es el comportamiento
homosexual el que es siempre de por sí éticamente
reprobable, aunque habrá que juzgar con prudencia
su culpabilidad».
¿Puede considerarse equiparable
una “pareja homosexual” a un matrimonio?
«El amor que puede darse entre
personas homosexuales no debe ser confundido con el genuino
amor conyugal, sencillamente porque no pertenece a esta
especie singular de amor»[12]
.
El matrimonio, como ya hemos
indicado antes[13]
, es una institución esencialmente heterosexual,
es decir que «no puede ser contraído más que por personas de
diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo
sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio
entre ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer
este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo
arbitrario»[14] .
En consecuencia, «ante el reconocimiento
legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de
éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo,
es necesario oponerse en forma clara e incisiva»[15] .
¿Hay alguna dificultad
para que una “pareja homosexual” pueda adoptar?
«La adopción ha de mirar siempre
al bien de los niños, no a supuestos derechos de quienes
los desean adoptar. Dos personas del mismo sexo, que
pretenden suplantar a un matrimonio, no constituyen un
referente adecuado para la adopción. La figura del padre
y de la madre es fundamental para la neta identificación
sexual de la persona»[16] .
No queremos negar que una pareja
de homosexuales pueda dar cariño y bienestar material
a un niño. Pero recordamos que en esta situación se priva
al niño de la relación con un padre y una madre, que
son las relaciones identificatorias fundamentales de
la persona. Por esta razón la adopción por una pareja
de personas del mismo sexo es rechazable.
CONCLUSIÓN
Jesucristo, nacido en Belén como
“Luz del mundo”, ilumina toda la vida humana, y permite
vivirla con el gozo de caminar en la verdad, en la gloriosa
libertad de los hijos de Dios. Ilumina también la verdad
del amor del hombre y la mujer, la verdad del matrimonio
y la familia. Frente a supuestos “modelos” de familia
alternativos que hoy se proponen, invitamos a todas las familias
cristianas a ser signo luminoso del Evangelio del Matrimonio
y la Familia, a vivir con gozo
su condición de hombre y mujer, esposo y esposa, padre
y madre. A ser, a ejemplo de la Sagrada Familia, hombres
y mujeres nuevos, creadores de una nueva cultura familiar:
la cultura del amor y de la vida, centrada en Cristo, sostenida
por la comunión de la Iglesia y abierta al horizonte de la misión
en el mundo.
En estos días navideños os bendecimos
con afecto a todos: a las familias, cristianas y no cristianas,
que lucháis por vuestro amor y vuestra unidad en un mundo
que no facilita su permanencia. Bendecimos en especial
a los enfermos, los niños y los ancianos. Y pedimos al
Señor que la luz de la Navidad pueda conceder a todos
la plenitud del gozo y de la paz.
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Presidente de la CEAS
Mons. D. Juan Antonio Reig Pla
Mons. D. Francisco Javier Martínez Fernández
Mons. D. Francisco Gil Hellín
Mons. D. Casimiro López Llorente
Mons. D. Joaquín Mª López de Andújar